martes, 20 de diciembre de 2016

AMANDA REVERÓN/ Por Manuel Cabesa





AMANDA REVERÓN
Por Manuel Cabesa


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     En el libro de Amanda Reverón (Puerto Cabello, Edo. Carabobo, 1973) De otros diluvios (Maracay: Edición de la autora, 2007), se siente el aire de una búsqueda de la expresión exacta, se siente una decantación del lenguaje. De nuevo el amor y sus complicaciones ocupan las imágenes principales de cada texto; y sin embargo, es un renacimiento del amor y sus metáforas:

Amar esta certeza de tu proximidad
esa que de pausa en pausa
me despejo sin tregua
de las excusas que he ido coleccionando

     En estos poemas llegan con la brillantez del sol matutino, después de una noche de lluvia, se abren camino por un bosque de sensaciones y sentimientos, hacen que el lector viva en carne propia lo inefable de los deseos: 

Que la tempestad de este vientre
te convoque no es novedad
en este espacio nocturno
(torrencial de tus manos
y de tu húmeda lengua)
complacencia lúdica
de este cuerpo
que perennemente está ávido
de esa parte blanda de tu ser
que al tacto es acero templado
corroyéndose entre mis piernas

     Sé que entre "despedidas", "naufragio", "nostalgias" y "conjuros" estos poemas dejarán abierto para el regocijo de la palabra, para la felicidad del lector.

     "El barco es el mundo hacia la eternidad", esta frase inquietante de Katherine Anne Porter resume la posibilidad de entrar en el reciente poemario de Amanda Reverón, Rumor de barcos (Caracas: Fundarte, 2010). Hay aquí la madurez de una poeta que ha buscado su propio lenguaje y quizás lo encontró en la nostalgia de un mundo no vivido. Desde la orilla la voz que nos habla rememora una historia de naufragios que más que en el mar, suceden en nuestra estática realidad, en la nostalgia de lo desconocido:

Sentada en la orilla
en plena tempestad
donde el río y el mar se unen
escombros de un viejo barco
-extraña sensación
de no volver sobre mis pasos-

     R. H. Moreno Durán escribe: "¿Cómo sustraerse a la inmensa fascinación que produce contemplar el rojo velamen de una fragata que navega con el misterio a bordo? Porque de todos estos barcos que deambulan sin destino lo que en realidad cautiva es el horror, un horror de rango metafísico superior en todo al mero espanto sensorial, apoyado en el miedo o en el asombro. (...) El barco que deambula sin rumbo ni sentido es la metáfora de esa otra parte que navega en pos de la noche del alma, en pos de una identidad y un rostro, en pos de lo que es y no comprende, en pos de su fantasma ."

Mi casa en la playa
no tiene paredes
y aun así
cuelgo de ellas
fotos de viejas embarcaciones
máscaras de antiguas tribus
retablos de una virgen negra
amuletos, atrapasueños
y un rosario
hecho de concha de caracoles
mi casa en el mar
no tiene ventanas
y aun así
me asomo por ellas

     Valéry hablaba del mar "siempre recomenzando", Mutis nos cuenta las hazañas de Maqrol navegante de mares inhóspitos, Amanda nos recrea la nostalgia de aquel en el puerto se queda añorando algún amor en la lejanía siempre infinita. Siempre imposible:

En la ventana
de esta vieja embarcación
sólo cuelga
mi ropa
tu sonrisa
hace
mucho tiempo
que se marchó / de tanta lluvia

     A nuestra playa llega un rumor de barcos que en sí tienen historias que compartir, como los barcos de Melville o Conrad, pero de esas vidas sólo nos llega un leve murmullo cercano a la poesía, que finalmente se apaga en la orilla:

Barcos vienen / barcos van
pero no todos
hacen el mismo ruido
y no todos se quedan
encallados en la memoria

     En su monumental estudio La poética del espacio, Gastón Bachelard nos dice: "La casa es un cuerpo de imágenes que dan al hombre o ilusiones de estabilidad. Reimaginamos sin cesar nuestra realidad: distinguir todas esas imágenes sería decir al alma de la casa; sería desarrollar una verdadera psicología de la casa".

     Quizás sea la casa el tema más privilegiado de la poesía venezolana.Su figura se hace sentir en voces tan diversas que sin temor podríamos hablar de toda una tradición sobre la cual haría falta un estudio amplio y minucioso para llegar a calibrar la magnitud de su presencia dentro de nuestras letras.

     Siguiendo esta tradición que intenta reinventar la magia del lugar primigenio, Amanda Reverón nos entrega La casa que soy (Maracaibo: Proyecto Expresiones, 2012):

esta casa
es casi perfecta
se parece a mi
a mis afectos
sólo le falta
un patio donde se pueda convivir con las hormigas...


     Esta casa adonde Amanda nos invita está conformada por distintas estancias poéticas. En ella la autora se reencuentra consigo misma en un viaje de autoconocimiento y aceptación, vive intensamente sus momentos de soledad, alberga la posibilidad del amor y del desencuentro, hospeda los recuerdos de la infancia y es también el rincón donde su hija juega:


mi casa 
es la casa
donde crece Daniela
ha guardado un espacio para su árbol
sus libros
amigos imaginarios...


     Comarca del recuerdo, espacio de la querencia, mundo perdido y por siempre anhelado, lugar que convoca muertes y nacimientos; la casa es nombrada infinitamente en estas páginas desde el amor y la nostalgia:


una ventana
es siempre un milagro
decir ventana
es decir poesía
mirar hacia la luz
hacia la noche...


     La casa que es Amanda Reverón está hecha de palabras / de acentos / de sílabas / monólogos / sus habitaciones /  recitan / declaman la vida. Es una estructura hecha de voces hundidas en su simiente, levantándose pared a pared edificando una poética de la intimidad. Alojando al lector en la generosidad de esta morada construida con la alfarería de la dicción más sencilla y por ello mismo más humana:


esta casa cuenta historias
carece de olvidos
retiene olores
sabores e incongruencias
la textura de sus bordes
son metafóricas
sus orillas son sensibles a la poesía.


     Con impecable rigurosidad el reloj de Amanda Reverón ha convertido, en El silencio de las horas / The silence of the hours (Nueva York: Mayapple Press, 2016; traducción de Don Cellini), los sesenta minutos donde puede concentrarse un instante o la eternidad en sesenta textos que operan como bitácora de una experiencia que navega entre lo vivido y el poema.


     En este libro se concentran los temas que ha venido desarrollando su poesía: los versos concentrados en si mismos nos revelan el anhelo de la infancia perdida en los resquicios del tiempo, la casa como depositaria de los recuerdos (casa soñada, casa inventada, casa original cerrada como un cofre en donde se guardan las palabras), sin que falte la dosis de erotismo que ha marcado la poesía de Amanda desde el principio.

     Todos estos elementos combinados son el reflejo de otra realidad: la soledad aparece como hilo conductor, pero no una soledad hiriente, desgarrada, sino aquella que permite la serenidad necesaria para ver transcurrir el tiempo y medir sus consecuencias:

al otro lado
suenan las horas
desde el crujir del viento 
(donde, todos los árboles se parecen)
tras un largo susurro / naufrago
con mi soledad desnuda
aquí
donde el eco de tu voz
no llega.


     En estos poemas se desarrollan a través de una tensión del lenguaje, las imágenes están concentradas como una especie de grito ahogado que deviene en susurro: "callada / simulo serenidad" nos dice nuestra poeta. Lo que hace entrever que más allá de las palabras visibles hay otro discurso en espera, latente, que no se abre al lector directamente, sino que se deja entrever en la presencia de lo no dicho.

   Esta característica es muy propia de dicha poesía contemporánea que nos habla desde su escondite detrás de las palabras, como lo ha expresado Guillermo Sucre: "cada palabra desplaza a otra que nunca logramos decir". He aquí el don que revelan estos nuevos poemas de Amanda "este oficio de palabras / (que, según la autora) se encona / después de cada llovizna, pues a través de las imágenes enunciadas, de los poemas visibles, se esconde otra lectura: la del silencio oculto tras las horas, el rostro apenas entrevisto de la nostalgia:

asómate
son otras las horas
hay un punto
(sin hábitos de lluvia)
tiempo ajeno
a la costumbre
llamaradas desde el vacío
vapores de incienso
procesión de palabras
por dentro