martes, 29 de enero de 2013

Del libro cuentos breves sobre "Cloclo de Alejandría"


En el rancho del cambural, poco se hablaba. Los tres Chones salían de madrugada para la parcela donde sembraban Cacao. Chano, atendía los animales - cuarenta cabras, seis mulas, un centenar de gallinas, dos toros  y cinco vacas lecheras -. Cloclo había aprendido hacer pan, así que todas las madrugadas  - después de  silbarle a Chano -, atizaba  el horno de leña y hacía los panes con la masa que había dejando reposar la noche anterior y que cubría amorosamente con un  trapo. En el patio sembró ají dulce, cilantro y unos palos de Yuca. Las mañanas transcurrían atendiendo estas tareas y a los habitantes del pueblo que se acercaban para comprar pan,  huevos, leche, ají o el queso aliñado que ella  también solía hacer.

Un día, después de su acostumbrada siesta en la hamaca y antes de acicalarse e  ir a la casa azul, para atender a los niños de la escuela. Cloclo se acercó hasta la parcela donde estaban los animales. Había desarrollado la habilidad de no hacer ruido al caminar y de pasar desapercibida. Se arrimo a un viejo árbol y se quedó allí paradita mientras que  con sorpresa presenciaba como Chano acariciaba una de las mulas, se montaba sobre una lata de aceite para penetrar a la mula una y otra vez, haciendo el mismo ruido tan familiar para ella y con una  expresión que nunca había notado en su rostro. Cloclo, jamás hizo ningún comentario, pero a los pocos días apareció la mula muerta en el corral  - dicen que murió de una extraña enfermedad -.  Chano se asustó tanto que no se volvió a meter con las mulas.

Amanda Reverón
-2010


lunes, 28 de enero de 2013

Del libro de cuentos "Anécdotas de Amalia Rosa"



El negro Simón Písalo/
Llegó, cuando a  Morón del Conuco comenzaron a emigrar algunos falconianos  en busca de  mejores tierras, para sembrar. Era un hombre negro altísimo  y atlético. Tenía una característica  peculiar; debía calzar un número 48 y solía andar sin nada en los pies. Cuando los niños andaban descalzos por las polvorientas y calientes calles de tierra, se oía el grito amenazante de la abuela Virginia de los Reyes – Manifica! pónganse las cholas, que por la esquina del cementerio viene el negro Simón Písalo -.

Amanda Reverón

sábado, 26 de enero de 2013

Del libro Antología poética 1988 -2008


"Dilema" Nace la ilusión como nace un niño y muere la ilusión antes de haber vivido /Nace la ilusión con desbordante premura y muere la ilusión al omitir la ternura/ Nace la ilusión arrullándonos con su esencia y muere la ilusión abatida por la inclemencia/ Nace la ilusión cuando nace un sueño y muere la ilusión como muere e el tiempo.

"Muere el Tiempo"  con horas perdidas y con silencios toscos, que nunca terminan/muere el tiempo en la soledad, con sombras antiguas que mueren de día y con palabras necias que hieren la vida/ muere el tiempo como una gaviota, con mirada triste ante su derrota, con alas caídas ante su agonía y con la esperanza de encontrar salida/ Y va junto a la noche repartiendo sueños/ pasa por los días con destino incierto/ muere el tiempo para renacer, con días soleados con olor a miel.

"Envejezco" sin tiempo, aún cuando la juventud aflora/ y voy sin premuras/ voy silenciosamente, para escuchar el murmullo permanente, del oleaje que sacude toda mi mente/ envejezco, como la rosa roja sin darme cuenta cuándo se marchita el alma, sin darme cuenta cuándo el mar vuelve a la calma/ y toco las brumas sin sentirlas y miro al cielo sin mirarlo. Y encuentro ese sueño perdido, esa mirada que el destino me ha robado/ pero envejezco solo por dentro, y solo mi corazón se arruga/ mientras mi superficie se vuelve más tersa y mi espíritu se desnuda..

Leco ensordecedor de tu silencio/ que emerge de tu seráfico sepulcro/ haciéndome sentirte latente/ y voy paulatinamente hacia tu penumbra, voy a escudriñar  tu soledad, voy hasta ese callado rincón donde tu reinas, en donde tu y solo tu habitas / rincón solemne de tu ausencia....

Melancolía  Ojos que deambulan, por ese infinito distante/ ojos que recuerdan el pasado, tan solo para poder amarle/deseando con agonía, tan solo poder abrazarle hoy siento melancolía al no poder escucharle/ ojos que lo imaginan !oh Dios! tan solo quiero tocarle y busco con timidez, sus palabras al amarme/ soñando despierta lo busco, temiendo jamás encontrarle y me inundo con su ternura, quizás para poder soportarme

Amanda Reverón

viernes, 25 de enero de 2013

Del poemario "Palabra trunca"


mueca
que se dilata
íntima palabra
que se conjuga /con la suave respiración
quién ha creído en árboles
sabe, de que se trata
este
breve murmullo 

Amanda Reverón 

Del poemario "Palabra trunca"


casa
que se parece  a ti
ojos
así
de verdes claros 
bajo el sol
labios
inquisidores
tacto
que se ensaña
en la más mínima
grieta de mis manos
rostro
de tejado por la tarde
y ésta desnudez
queriéndose mecer
sobre tu espalda
Amanda Reverón

Del poemario "Palabra trunca"


te acercas / me arrimas
detrás de la puerta
de pie
despacio
con la 
respiración entrecortada
como si fueses 
llovizna
tarareando
tu humedad
a mis espaldas

Amanda Reverón

Del poemario "Palabra trunca"

(I)
Fotografía: Angelica Colmenares
así de cómoda
apenas
me asomo por la ventana
para entregarme al día
lluvioso
nublado
con  pereza
una taza de café
…y ya 


(II)


quiero

quedarme
así
inmóvil
cómoda
callada
sin prisas
sin dudas
apenas
observando
desde
este
brevísimo
rincón

(III)
en lo oscuro
con la quietud
en tus manos
aquí estoy
sedienta


Amanda Reverón
2012

jueves, 24 de enero de 2013

Del poemario "Rumor de barcos"

En cuanto amanezca
habitaran algas en la memoria
no quedará
ni el poema
roído de tanta sal
un hombre
desaparece en el malecón
Amanda Reverón

Del poemario "Rumor de Barcos"

Barcos vienen/ barcos van
pero no todos
hacen el mismo ruido
y no todos se quedan
encallados en la memoria
Amanda Reverón

Del poemario "Rumor de barcos"

Me mudaré
a una aldea
rodeada de arena
colores cálidos /con olor a salitre
y silencios pronunciados
(en donde apenas se oiga
el rumor de algunos barcos)
Amanda Reverón

miércoles, 23 de enero de 2013

Del poemario "La casa que soy"


una ventana
es siempre un milagro
decir ventana
es decir poesía
mirar hacia a la luz
hacia la noche
o
hacia el norte
llegan las palomas 
hacen sus nidos
la brisa entra inmune a las cortinas
una ventana
es siempre esperanza
así tenga rejas
o
 barrotes
Amanda Reverón

Del poemario "La casa que soy"


esta hecha de palabras
de acentos
silabas
monólogos
sus habitaciones
recitan
declaman la vida
es la casa
del verbo
el  verso
aquí
ya he escrito varios libros
me siento en el suelo
en los muebles
 en la cama
su  biblioteca
es el centro del universo
Amanda Reverón

Del poemario "La casa que soy"


no es un paisaje
escueto
llano
es noble
moldeable
entre sus espacios
puedo caminar
desnuda
inmutable
Amanda Reverón

Del poemario "La casa que soy"


es la calle
por la que transitan
sombras de mis difuntos
aprueba  o  desaprueba sus posibles inquilinos
los domingos  bosteza su inconformidad
tiene vida propia
ejerce la vieja costumbre de la dignidad
 Amanda Reverón

domingo, 13 de enero de 2013

Del poemario "La casa que soy"


he  sido piedra
cerro  a bajo
no  he creído
ni  pedido      
una fábula

Amanda Reverón 
Carmen Virginia Rodríguez (Amanda Reverón) Fotografía: Romulo Ollarves

Del poemario "La casa que soy"


ciertos días
esta casa, pareciera más grande
el silencio, más agudo
y la noche se deja caer estrepitosamente
en un 
parpadear de nostalgias

Amanda Reverón

Del poemario "La casa que soy"


la fachada de piedra

no es sinónimo de dureza

adentro

entre sus pasillos

sentada  en los balcones

murmulla

 trémula

la ternura 

Del poemario "La casa que soy"


como  si fueses pasajera                            

  sin   bases ni  cimientos

etérea

aún   pervives

...memoria

Amanda Reverón

Del poemario "La casa que soy"


no hay ecos  que repitan lo que se escapa de mi boca
suelo sentarme
cerrar  las ventanas
la puerta
oler los libros
escogerlos al azar
preparar un café
aquí las mañanas son más prometedoras
hay un largo día con quien batallar
por las noches siempre asecha la madrugada
sólo queda la resaca
del cigarrillo
o
el poema sin terminar
Amanda Reverón

Del poemario "La casa que soy"


A: Daniela Valentina, Alejandro, Diego,   Camila Soledad y  Carlos Arturo Donato

un rincón
un pueblo
un puerto
pareciera un desierto
fragmentos  de un cuento
un poema
un cocodrilo  azul 
que se trepa por las paredes
se oyen voces
susurros
cree  que a veces habla
y que allí van a jugar todas la ballenas
por lo menos
éso dice 
Daniela
Amanda Reverón

Cuentos breves sobre "Cloclo de Alejandría"


Recibí una caja contentiva de una vieja máquina de escribir, un pocillito de peltre rojo y un sobre;  que cuando abrí  tenía hojas amarillentas escritas con una  máquina de escribir – apenas se leían las letras – en el sobre decía: por si me voy por el espejo…  (Cloclo de Alejandría). Extrañamente se refería a ella misma, como si fuese un personaje  más de sus  relatos. Aquí les dejo su historia:

                                                                  *
 Dicen que Cloclo de Alejandría solía mirarse en el espejo - cual si  fuese una ventana -  desde allí miraba el caserio, sus techos de teja y balcones; era entonces,  cuando se reconciliaba  con la soledad de sus palabras.
                                                                  *
 Cloclo de Alejandría apenas podía teclear con sus dedos, en  la  vieja máquina de escribir. Miró a su alrededor - se había ido la luz - entonces sintió el pasmoso crujir del viento trepándose por las ventanas.
                                                                    *
Apenas se levantaba, corría presurosa para dejar constancia escrita de sus sueños. Amanecía  tomando café en el pocillito  de peltre rojo, de pie junto a la ventana y con un calendario en la mano; marcaba los días que iban  transcurriendo.
                                                                    *
 Se paraba frente al espejo tan solo para recitar: La otra orilla de mi, se quedará dormida, nada ha cambiado. Sigues siendo sólo un rumor a pesar de los años.
                                                      *
Cuando  el  tío  Chano se quería alejar de ella, enseguida murmuraba: deja de sacar las tijeras para ponerlas en cruz.  Ummm!  mira  que he dejado de ser lluvia...
                                                       *
Era la mujer de Chano, cuñada de Chonchirino.  Los  hombres  dormían en una misma pieza – los Chones en sus hamacas,  Chano, en un viejo catre - . Ella en el cuartico de al lado y cuando él quería hacerle el amor, tan sólo le preguntaba  - vieja usted me silbo?.
                                                                    *
Los tres Chones, eran los personajes más populares de aquel pueblo. Tres descendencias – abuelo, hijo y nieto - . Cloclo se levantaba de madrugada  solo para ver dormir  al viejo  Chonchirino  en su  hamaca,  con su sombrero sobre el rostro  –  Pero al verlos a los tres,  parecían una misma persona – lo único que los diferenciaba era el color de sus sombreros – ah, porque los negros nunca se ponen viejos -. 
                                                                   *
Más que un pueblo, Morón del conuco era un caserío. Allí llegó Cloclo a finales de los años sesenta.  Apenas tenía quince años, cuando desembarco en el puerto más cercano y tuvo que ir acompañada de doña Merceita, en una mula hasta aquel caserío con olor a salitre. Merceita, era la mujer más vieja del pueblo – la solterona  de noventa y nueve  años;  fuerte, robusta y sabia  –. Cuentan que al poco tiempo de la llegada de Cloclo; desapareció diluyéndose por un espejo – nunca encontraron su cuerpo.
                                                                    *
 Había  un temporal aquella noche. El rancho más cercano era el del cambural   - que con el pasar del tiempo se conocería como el rancho de los tres Chones - Ella con las manos llenas de sangre y medio desnuda, corrió en esa dirección al pasar debajo del viejo samán se tropezó con Chano. Desde entonces,  aquel secreto los mantendría  unidos.
                                                                     *
Al igual que doña Merceita  – Clo, como le decían los niños – nunca tuvo hijos. Tenía facilidad para enseñar a leer y a escribir. El patio de la casa se llenaba de mocosos, encantados por la mirada color mar de aquella extraña muchacha; que no tenía más historia ni pasado, que haber desembarcado en el puerto proveniente  de un lejano país,  y  haber sido la única testigo de ver,  como la antigua dueña de la casa se había marchado a través de un espejo. Así, comenzó a funcionar la única escuela del pueblo

                                                                      *
Cuando la sala de la casa fue quedando pequeña, comenzó a tumbar  las paredes una por una. En el patio o en  los matorrales – les explicaba a los  niños – haremos “El que hacer del cuerpo”.   Con granitos de maíz o con frijoles enseñaba suma y resta. Para escribir eran buenos los pedazos de tizones de carbón que quedaban en  los fogones, y aprovechaban todo tipo de papel de los envoltorios que llegaban del Puerto. De los cajones donde traían mercancía en los barcos, sacaban los pedazos de tabla que tenían letras grandes; así comenzaron a leer en Morón del Conuco.
                                                                     *
Esa noche, había luna llena. Croac, croac, croac!!! Apenas se escuchaban a lo lejos las ranas que habitaban el rio. El calor húmedo hizo  que abriera las ventanas del rancho y se despojara de su cota blanca y su faldón negro con flores amarillas. Se arrimo a la pared de adobe para sentirse más fresca – solía dormir boca abajo y con la cabeza descansando sobre sus brazos cruzados –.  Nunca había sentido tanto miedo;  desde el día que se tuvo que montar en un barco sin saber su destino, y desde que desapareciera la vieja Merceita.

Sintió una respiración agitada, un olor fuerte a ron mezclado con chimó. Cerro los ojos, temblaba hasta lo más profundo de sus huesos. De pronto comenzó a escuchar un sonido, como quien amansa a una bestia. Unas manos granes y fuertes comenzaron a sostener sus caderas  y acariciar sus nalgas con movimiento suave y rítmico.,levantándole un poco del catre – no sabía para que la acomodaban en esa posición, abriéndole un poco las piernas – mientras  que con un solo dedo le apartaban la ropa interior. Pudo más la curiosidad que el miedo y dejo escapar un leve silbido en señal de aprobación, desde entonces Chano esta pendiente cuando Cloclo emitía   este silbido.


                                                                      *
Pueblo pequeño, infierno grande”. Las constantes visitas nocturnas de Chano a la casa azul, donde vivía Cloclo. Habían provocado los chismes  y comentarios más feroces de las viejas y solteronas del pueblo. La joven que se había quedado sola  y que  en poco tiempo se había  ganado el respeto de los vecinos del caserío, enseñando a sus hijos a leer; ahora se estaba dedicando a la mala vida. Chano, que era un negro alto,  callado, de manos grandes, toscas y fuertes, no podía permitir que la única mujer que había tenido en su vida, fuera victima de las lenguas ponzoñosas; así que a pesar de que nunca había cruzado palabra con Cloclo, tomó sus pocas pertenecías y la llevo de la mano al rancho del cambural. Ahora te dirán señora – fue lo único que comentó -.
                                                                  *

Cloclo y Chano solían ir los días sábados al puerto. Caminaban durante dos horas y solo hacían una parada en el lugar más solitario del camino. Se adentraban entre los matorrales y como siempre, solo por instinto ella se adelantaba  hasta  la roca inmensa en forma de morrocoy,   para inclinarse sobre ella y esperar  que él se bajara un poco los pantalones y sin mayor preludio subiera su falda para penetrarla hasta quedar sin aliento.

                                                                 *
En una de sus tantas idas al puerto, pasaron por  la tiendita donde  vendían escobas, tarros para almacenar comida y variedad de artefactos, que llegaban en los barcos desde otros países. Ella se quedó mirando fijamente aquel aparato con teclas, donde estaban dibujadas un montón de letras. Chano, no sabía que era  - quizás ella tampoco -. Pero si tenía letras, debía ser algo bueno.  No se supo cómo, pero en una de las pocas veces que él fue solo al puerto,  trajo consigo algo que le dijeron  se llamaba: máquina de escribir,  y un pocillito de peltre rojo  - porque en la caja donde venía la máquina;  había un dibujo de una mujer sentada pisando las teclas con sus dedos y en la mesa un pocillo con un humeante café -. Chano pensó que la máquina de escribir no funcionaría si cloclo no tenía un  pocillo; así que también lo compró. 

Amanda Reverón -2010

Del libro de cuentos "Anécdotas de Amalia Rosa"

El mercado San Juan/
Los días de semana, la calle 37 podía ser solitaria. Pero los domingos era una gran algarabía. Transitada inclusive por visitantes de otros pueblos que venían a comprar ó vender en el mercado San Juan (que era donde finalizaba la calle). Podían haber cuadras y más cuadras de mercaderes que exponían y vendían: artesanía, ropa, zapatos, comida, telas y cualquier otra cosa que se nos pudiera ocurrir. Desde muy temprano en la madrugada ya se sentía el movimiento y el ruido de los tarantines. En la cocina, ya la abuela Juana colaba un cafecito. (Juana, era la señora que ayudaba a las tías con los quehaceres de la casa y nuestra nana, cuando aún éramos unos chicuelos).
Amanda Reverón 2011-2012

Del libro de cuentos "Anécdotas de Amalia Rosa"

 Las hallacas de la calle Nro. 37/
Celebrar la navidad en casa de las Rodríguez, requería una serie de preparativos. Lastenia, se dejaba venir (de Caracas a Barquisimeto) con sus botellas de vino, nueces y turrones de mazapán. Sus respectivos lompleys de La Billo´s Caracas Boys, las gaitas de Tío Simón y Serenata Guayanesa (entre otros). Preparar las Hallacas era todo un ritual colectivo, impregnado de aromas y mucho bullicio (dirigido por las matronas de la casa) así aprendimos todos los sobrinos a familiarizarnos con los ritmos, olores y sabores de la cocina decembrina.
Amanda Reverón. 2011-2012

Del libro de cuentos "Anécdotas de Amalia Rosa"

El Niño Jesús… /
Como hasta los doce años, el niño Jesús llegaba religiosamente todos los 24 de diciembre a la casa de la 37. Al principio no entendíamos porque tanta escondedera. No se podía entrar al cuarto de la tía Zoila y a medida que avanzaba el día un halo de misterio nos invadía, y por arte de magia (no sabíamos ni como ni cuando) pero debajo de un gran árbol de navidad, adornado hasta en la más mínima de sus ramas, aparecían un montonononon de regalos, envueltos delicadamente y con una tarjeta escrita con una caligrafía impecable indicando cada uno de nuestros nombres y el de nuestros tíos, si algo tenia nuestro Niño Jesús, era generosidad y buena memoria (nunca dejo a nadie sin regalos). Gracias! Niño Jesús
Amanda Reveón.  2011-2012

El mágico mundo de Alejandro

El mágico mundo de Alejandro/ Sus manitas
A los cuatro meses de edad, observa minuciosamente sus manos (qué puede ver en ellas).Recorre todo su antebrazo, su brazo y llega hasta la punta de sus dedos. La gira lentamente (como haciendo un saludo). Deja salir la más inexplicable de las sonrisas cuando advierte la presencia de su madre, y entre los dos surge un cómplice silencio, mientras simultáneamente ambos levantan las cejas. Entonces ella, le susurra al oído – son para construir un mundo mágico -. 
Amanda Reverón 2012

Del Libro de cuentos "Anécdotas de Amalia Rosa"

El parque Baradida/
Desde una cochina preñada, manatíes, tigres, elefantes y Telcelino (La Jirafa, ya fallecida), pueblan algunos vericuetos de mi memoria. Dicen que la felicidad consiste en breves momentos; pues debo confesar que los pequeños fragmentos que conforman los recuerdos de mi infancia van desde una playa en El Rincón del Pirata (en Puerto Cabello) hasta el Parque Baradida (en Barquisimeto), donde las golosinas nunca faltaron y las largas caminatas en el zoológico agarrados de las manos de mis primos y mis tías, han sido vagas imágenes que aún sobreviven en el tiempo.
Amanda Reverón  2011-2012

Del libro de cuentos "Anécdotas de Amalia Rosa"

 La casa, de la abuela Carmen Amada/
En ella, se respiraba humedad. La entrada era un breve y angosto pasillo. Techo alto, de caña brava. Por dentro; amoblada, sólo de recuerdos, libros viejos, animas que desandaban a sus anchas y sin ningún misterio… y al final en el patio (subiendo las escaleras) el cuartito de los santos.
Amanda Reverón  2011-2012
 

sábado, 12 de enero de 2013





AROMA DEL SALITRE
En el rumor de los barcos que Amanda nos regala hoy,
habita la nostalgia por la infancia que se aquieta brumosa
en la memoria y baja del aliento de las olas, dejándonos su
aroma de salitre. Aquel que haya nacido en algún puerto, no
olvidará jamás la densidad del agua y su perfume. Ya lo dijo
Ungaretti: “Con el mar / me hice un ataúd de frescura”. Pero
más allá del mar están los barcos, su magia en movimiento
para el viaje, para decirnos en sus ruinas lo que simboliza
la ausencia, la marcha o el retorno, el poder quedarse por
siempre encallado en la arena o en la voz de Amanda:
Escombros de un viejo barco
–extraña sensación/ de no volver sobre mis pasos–
El maderamen aún no sucumbe en la costa a la violencia
marina: emerge en la memoria, alimenta la imaginación
con el cuerpo que respira y se abre al infinito; parte desde
la lejanía ciega –en esa línea donde el mar se junta con el
cielo– para crear en el poema una casa sin ventanas, donde
pueda la poetisa asomarse, mirar los barcos, encontrarse
con la soledad y entender también que:
Los hijos duelen / son barcos con destino propio/ sin
amarras/ con otros muelles/ puertos / ajenos a los nuestros.
Y debe ser así. Porque a veces vivimos como en la tabla
de un naufragio, y vemos desde el mar que el mundo existe
y se mueve en esa hazaña de la presencia marina. Amanda
nos recuerda:
Puedo estar en la ciudad de la Victoria y escuchar cada
noche/ el rumor de los barcos / que llegan a Turiamo.


Es que la esencia marina, y sus imágenes, se ha quedado
en nosotros, va por dentro: las piedras y las caracolas, los
cangrejos zumbando, los restos de botellas como cristales
pulidos en su propio verdor. Todo, en suma, es la calidez
de la costa donde el alma de los barcos regresa para que
volvamos a encontrarnos:
Es amor / es desamor/ un barco a lo lejos
Como en la nubosidad lejana del poema, la autora deja
también en su rumor de mujer la luminosa sombra del despecho,
ya que con los barcos se van los amores:
En cuanto amanezca
habitarán algas en la memoria
no quedará / ni el poema – roído de tanta sal
un hombre
desaparece en el malecón,
o le dirá al viajero:
y me iré sigilosa
callada en tu memoria
Amanda, te llamaremos desde el puerto para iniciar el
viaje; para que desde la lluvia y el asombro marino los barcos
no sean un rumor, si no tú, “amada amanda”, y nosotros,
navegando en ti.

Jesús Salazar

Efectivamente
después de un ligero rumor de barcos
los dolores llegan lentos
silenciosos
y se duermen en mis orillas
Gonzalo Fragui
Sentada en la orilla
en plena tempestad
donde el río y el mar se unen
escombros de un viejo barco
–extraña sensación
de no volver sobre mis pasos–

                    *
Me mudaré
a una aldea rodeada de arena
de colores cálidos / con olor a salitre
y silencios pronunciados
(donde apenas se oiga
el rumor de algunos barcos)

                    *
Barcos vienen / barcos van
pero no todos
hacen el mismo ruido
y no todos se quedan
encallados en la memoria

                    *
A Sonia Tortoza y a Hilda Carpio
Mi casa en el mar
no tiene paredes
y aun así
cuelgo en ellas
fotos de viejas embarcaciones
máscaras de antiguas tribus
retablos de una virgen negra
amuletos, atrapasueños
y un rosario
hecho de conchas de caracoles
mi casa en el mar
no tiene ventanas
y aun así
me asomo por ellas

                  *
Cómo escribir un poema que te alcance
                                                        Yadira Pérez
Contemplarte no es fácil
estás hecho
de musgo
piedra
arena
agua
sal
brisas
de naufragios
de escombros
pareces
un rompeolas
una palmera
              *
En la ventana
de esta vieja embarcación
sólo cuelga
mi ropa
tu sonrisa
hace
mucho tiempo
que se marchó / de tanta lluvia

               *
En cuanto amanezca
habitarán algas en la memoria
no quedará
ni el poema / roído de tanta sal
un hombre
desaparece en el malecón

               *
Perteneces
a esta vasta soledad
jamás
fuimos tan humanos
los hijos duelen
son barcos con destino propio
sin amarra
con otros muelles / puertos
ajenos a los nuestros

Del poemario "De otros diluvios"

TURIAMO

Naufragio (I)

Para naufragar / sólo me faltan tus manos

Naufragio (II)
Amar ésta certeza de tu proximidad/ ésa que de pausa en pausa
me despoja sin tregua/ de las excusas/ que he ido coleccionando

Naufragio (III)
Tomé prestadas tus manos / eran imprensindibles
debía saber, si yo
aún existía

Naufragio (IV)

Hacer de las noches, un ritual / que exorcice tus manos
digamos, que he sobrevivido / a otros diluvios...

Naufragio (V)

Desnuda / breve palabra que te precede

Naufragio (VI)
Después de todo / si, después de todo
un simple beso que desate las pasiones

Naufragio (VII)

Un espacio / un milímetro de tu cuerpo
que me salve / que me lleve hasta la orilla

Naufragio (VIII)
No es la soledad / sino las ausencias
que la habitan

Amanda Reverón - 2007